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Extraída de San Google |
Hace mucho tiempo que la enfermedad había aporreado la puerta hasta derribarla. Había entrado sin permiso y hasta se había acomodado en el salón. Compartía con ellos desayunos, almuerzos, meriendas, cenas y las escasas tertulias y momentos de felicidad que disfrutaban. No respetaba la presencia o no de amigos y visitantes. Formaba parte de la vida familiar, como una pesada carga.
Aquella tarde se inició tranquila. Como tantas otras. Era fiesta y reposaban la comida frente al televisor. Estaban los cinco: Juan y Carlos jugaban; Ana miraba, sin ver, el programa rosa que estaban poniendo; Luis dormía por los efectos de los calmantes y, por último estaba aquella sombra, apoyada sobre su hombro. Parecía inmóvil. Les observaba.
En general la calma solo se veía rota por los lamentos, las toses, los carraspeos y los quejidos. Así llevaban meses. Pero, de improviso, Ana se hartó. Por un momento pareció recuperar la cordura, encontró el tino. Sin previo aviso se levantó. Miró a la enfermedad a los ojos y le ordenó que se marchara.
Nada ocurrió, pero aquel fue un primer caso. Mientras la sombra reía, mientras se reía de ella, Ana hizo otro movimiento. Abrió las ventanas y permitió que el aire fresco, el sol, y las luminosas sensaciones de las tardes del verano, que ya asoma por el horizonte, lo inundara todo. Luis se desperezó e intentó levantarse. Aquello era una pequeña señal y él lo había comprendido. La enfermedad entornó los ojos desconfiada.
Tardarían en recuperar su vida pero la decisión estaba tomada.
Sí señor. Hay que decir ¡basta! Y seguir viviendo. Por mucho que se rían las sombras. Ya se cansarán.
ResponderEliminarESO ES.... SIEMRPE PÁ LANTE!!!!
ResponderEliminarCArmen
Siempre adelante, que no hay mal que cien años dure ni hijo... que lo resista. Si te duele, duélele tú a ella, si te deprime dale un palo, que se vaya a freír monos a la conchinchina, y siempre, siempre, fastídiala... que no te plante a ti.
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